Un Vaso de Agua Fresca

DBpor David Brickner, Director Ejecutivo

En la ciudad de Nueva York en julio pasado, nuestro equipo de llegada evangelística de Judíos para Jesús repartió botellas de agua y tazas de café, además de literatura específica, con el fin de enganchar a la gente en conversaciones sobre el Evangelio. Las botellas de agua y los vasitos de café tenían etiquetas de “Judíos para NYC” y “Preparados para Jesús”, respectivamente. Era una forma divertida de conectarnos con la gente en la calle. Algunos simplemente recibieron las bebidas y siguieron, mientras otros se detuvieron para hablar.

Del mismo modo, hace una buena cantidad de años que hemos venido repartiendo tazas de chocolate caliente a los neoyorquinos que se reúnen para ver las carrozas que se están montando en la noche anterior al desfile del Día de Acción de Gracias de Macy… Y para los angelinos en la madrugada, cuando se están preparando para el Rose Bowl Parade, el primero de enero. Esta tendencia se ha extendido a muchas de nuestras ramas, aunque creo que la primera vez que lo probamos fue hace décadas con una mesa cerca del Rockefeller Center con un cartel que decía “El jugo de Jesús”. Creo que entregamos jugo de uva.

¿Por qué hacemos esto? Empecé a pensarlo nuevamente cuando recibí un email de Karol Joseph, la capellana de este año para la divulgación de verano en Nueva York. Mientras me pedía que preparáramos los mensajes para nuestros servicios en la capilla mientras yo estuviera allí, me explicaba que la temática de la enseñanza sería el Reino de Dios. Allí me escribió: “Nuestra esperanza es que a medida que tratamos de proclamar las verdades del reino, tanto en palabras como en obras, Dios nos usará como sus embajadores para buscar y salvar a los perdidos”. Eso suena muy bien y la Escritura dice a los creyentes en Jesús que debemos vivir su amor. Pero tengo que confesar algo: me incomoda un poco cuando empezamos a hablar sobre los actos de bondad en una misma categoría que la de la proclamación del Evangelio.

El problema viene cuando esta proclamación en palabras y en obras, termina siendo toda en obras y nada de palabras. Para mantener nuestro enfoque en un adecuado equilibrado, tenemos que examinarnos con sinceridad. Debemos comprobar que no existan sentimientos o actitudes que puedan interferir con nuestra voluntad de compartir con los demás las verdades del pecado, de la salvación y del Salvador. Los actos de bondad son mucho más propensos a ser recibidos con agrado que las palabras de verdad acerca de Jesús y de nuestra necesidad de Él. Todos preferimos ser reconocidos antes que rechazados, y lograr evitar que esa preferencia dirija sutilmente nuestras decisiones exige una decisión consciente y constante.

También tenemos que evitar las suposiciones. Muchos irían con gusto a viajes misioneros breves que hagan hincapié en actos de bondad, como ser la construcción de una escuela o a cavar pozos. No hay dudas de que se trata de un trabajo demandante y que requiere el sacrificio de donar nuestro tiempo. La suposición es que nuestra construcción o nuestra excavación servirán para conducir a nuestra audiencia hacia el Evangelio, y estoy seguro de que en algunas situaciones lo han logrado. Pero también a menudo esto no ocurre en absoluto. Escuché una vez de un ministerio judío cuya estrategia era ofrecerse para limpiar las casas de los judíos con la esperanza de que esto abriría una puerta para brindar el testimonio. Y no fue así. Al final lograron un montón de gente judía con casas limpias pero corazones sin cambios.

En su reciente libro, Desvío de la Misión: La crisis silenciosa que enfrentan los líderes, las organizaciones benéficas y las iglesias, los autores Peter Greer y Chris Horts documentan numerosos ejemplos de organizaciones y ministerios que han perdido su camino y su misión esencial debido a las presiones que comprometen sus mensajes. Por lo general, el esfuerzo por combinar palabras y hechos se inclina cada vez más hacia estos últimos, hasta llegar al punto de que hablar las palabras del Evangelio se convierte en un simple capítulo de la historia de esa organización cristiana.

Ahora bien, ni por un minuto creo que al regalar agua y café -o incluso ayudando a limpiar el Riverside Park-, los Judíos para Jesús estamos en peligro de desviarnos de nuestra misión de lograr que el carácter mesiánico de Jesús sea un tema omnipresente en nuestro pueblo judío en todo el mundo. ¡Para nada! Tampoco me imagino a alguien convertirse en seguidor de Jesús simplemente porque recibió una taza de café con la inscripción “Preparados de Jesús”, de manos de un miembro del personal de Judíos para Jesús o de un voluntario.

De hecho ha habido muchas malas interpretaciones de la enseñanza de Jesús de “dar un vaso de agua fría en su nombre”. Muchos suponen que está hablando de llegar a los que no creen en Cristo. Pero analicemos con cuidado el pasaje: “Porque todo aquél que les dé un vaso de agua para beber en mi nombre, porque son de Cristo, en verdad les digo que no quedará sin recompensa” (Marcos 9:41 , ver también Mateo 10:42). Jesús está diciendo que la gente puede demostrar el amor que le tienen a través de la forma en que tratan a sus seguidores. En este pasaje, somos nosotros los que se supone que debemos recibir el agua fresca.

Recuerdo un día de mucho calor en el que estaba parado en la entrada de la Puerta de Jaffa, en la ciudad vieja de Jerusalén. Yo estaba compartiendo el Evangelio a través de la música, como parte del equipo musical de Judíos para Jesús, el Muro de los Lamentos Liberados. Estábamos percibiendo cierto rechazo, sintiendo algo de calor en más de un sentido. De repente, un par de personas salió de la multitud y nos dio una bolsa llena de bebidas frescas. Fue un gesto increíble que significó mucho para nosotros. De eso es lo que Jesús estaba hablando y esa gente maravillosa sin duda ha sido y será recompensada por el Señor, por su acto de bondad para con nosotros ese día.

Volviendo a mi pregunta anterior, ¿por qué motivo Judíos para Jesús sale a entregar agua fresca o chocolate caliente en las calles? No se trata de una nueva estrategia ni de una alternativa a la literatura evangélica, ni tampoco es para iniciar conversaciones sobre el Evangelio. No es ninguna. Aquéllos que somos seguidores de Jesús queremos demostrar su amor, y algo tan pequeño como entregar a otra persona una bebida resulta una muy buena manera de demostrar la bondad en su nombre, ante destinatarios creyentes o no creyentes.

Entonces, por todos los medios que tengamos, regalemos agua fresca, pero nunca lo hagamos en lugar de ofrecer el agua viva. Entregar agua puede fácilmente llevar a una conversación como la que Yeshua tuvo con la mujer en el pozo, entonces recemos para que tengamos muchas oportunidades para proclamar: “El que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás. El agua que yo le daré será en él una fuente de agua para la vida eterna “(Juan 4:13b-14).

Recuerda que el Reino de Dios sólo avanza verdaderamente cuando se proclama el mensaje del Evangelio. Y aunque no siempre se lo perciba como tal, compartir la Buena Noticia del Reino -el mensaje de la salvación al que se llega por la fe en el Salvador crucificado y resucitado, Jesucristo- es la mayor de todas las bondades.

Más allá de la Pastoral Universitaria

“¿Así que ahora soy una cristiana nacida de nuevo?”

Le sonreí y le dije: “Sí, y también eres una judía nacida de nuevo”.

Pero déjame empezar desde el principio. A principios de marzo yo estaba compartiendo a Yeshua en el campus de la Universidad Estatal de Arizona, cuando una mujer se acercó a mí y me dijo que era judía creyente en Jesús. Jan** quería contarme sobre su madre, Bárbara**.

Bárbara se había criado en un hogar judío semi-religioso en la ciudad de Nueva York, donde su madre formaba parte del personal de la Universidad de Yeshiva, una escuela privada judía. Su salud había venido desmejorándose en estos últimos años y padecía problemas renales. Cuando Jan me contó de su dolor por la enfermedad de su madre, me dijo cómo ella le había compartido a Jesús y el mensaje de la vida eterna. Sin embargo, su madre no respondía a sus intentos por hablar sobre estas cosas. Jan me preguntó si yo estaría dispuesta a llamarla a su madre y charlar con ella, lo cual para mí sería un gusto.

Durante mi primera conversación con Bárbara, descubrimos que crecimos en el mismo barrio en Brooklyn, Nueva York. Empezamos a acordarnos de los perritos calientes de Nathan en Coney Island, los deliciosos knishes en Brighton Beach, y de cómo disfrutábamos de los helados italianos en el calor del verano. Conversamos sobre cómo era parte central de nuestras vidas asistir a los servicios de las Fiestas principales y participar en nuestras sinagogas. Cuando comenzamos a hablar más sobre nuestro Dios, Bárbara me preguntó si yo era una de esos “cristianos nacidos de nuevo’. Ella dejó en claro que no quería hablar de Jesús y que se sentía bien con su condición de judía. Si bien se mostró inflexible sobre esto, estaba dispuesta a reunirse conmigo de nuevo para que pudiéramos compartir más historias de vida en Brooklyn.

Una vez más nos reunimos para tomar un café, y no habían pasado ni quince minutos cuando Bárbara sacó el tema de Jesús. Y una vez más preguntó: “¿Así que eres uno de esos cristianos nacidos de nuevo?” Le expliqué que yo soy judía y que siempre lo seré, pero que creo en el Mesías Yeshua, el profeta sobre el que Isaías escribió. Saqué mi Biblia y busqué Isaías 53. Cuando le pregunté quién pensaba que era el profeta del que estaba hablando Isaías, me miró y me contestó: “Parece como que habla de Jesús”. Cuando le expliqué que Isaías había escrito este texto unos 700 años antes del nacimiento de Jesús, quedó sorprendida.

Con el paso del tiempo, Bárbara y yo continuamos reuniéndonos semanalmente, recordando la buena comida y las cosas lindas de la vida judía en Brooklyn. En cada ocasión yo lograba llevar las conversaciones hacia temáticas más profundas como la vida, la muerte y la esperanza eterna en Yeshua.

Con Bárbara nos hicimos amigas, y Dios me utilizó para hablar en su vida. Durante una conversación en particular acerca de Yeshua, ella se quedó en silencio y entonces le dije que no tenía que dejar de ser judía para aceptar a Jesús como su Salvador. Ella seguía en silencio. Entonces le pregunté si le gustaría tener la esperanza que su hija, yo y muchas otras personas judías tenemos en Jesús. Bárbara dijo que sí, y oramos juntos por el perdón de sus pecados y para que Jesús ocupara su lugar en su corazón como Señor y Salvador. Después de rezar, me preguntó: “¿Entonces ahora soy una cristiana nacida de nuevo?” Le sonreí y le dije: “Sí, y también eres una judía nacida de nuevo”. Por favor, oren por Bárbara. Ella está convencida de que sus días en la Tierra están contados. Oren para que crezca más fuerte en su nueva fe en el Mesías Yeshua. Para que no falle, sino que crezca como “una judía nacida de nuevo”.

* Bubbe es una palabra judía para llamar a la abuela, y puede ser tomada literalmente o simplemente como una expresión de cariño.
** No son sus nombres verdaderos

 

 

 

 

Milder

Web Developer at Jews for Jesus HQ.

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