¿Jesús Lo Es Todo?

por David Brickner, Director Ejecutivo

DB

“¿Qué cosa es gris y peluda, tiene una cola larga y esponjosa, y ojitos redondos y brillantes?” Una larga pausa en la clase de formación dominical se rompió finalmente cuando uno de los niños contestó voluntariamente: “Yo sé que se supone que la respuesta debe ser Jesús, pero en realidad a mí me suena como que es una ardilla”.

La respuesta de ese niño ilustra una importante verdad. Jesús es una cuestión central para todos los propósitos de Dios en nuestro mundo de hoy. Él es el cumplimiento de todas las promesas de Dios en cuanto a la venida del Mesías. En Él se unen todas las tipologías de las Fiestas del Señor. Sin la venida de Cristo, la historia de la salvación de Dios no tendría principio, ni medio, ni final. Como Pablo nos dice: “En él decidió Dios que residiera la plenitud” (Col. 1:19). Todas estas cosas son verdaderas. Y actuales.

Pero esa realidad de ser Jesús lo más importante no lo convierte en “todo”. Es decir, una ardilla es una ardilla. ¿Cuál es el punto? Israel es Israel, y las promesas hechas a Israel pertenecen a Israel.

Digo esto porque algunos profesores de Biblia, teólogos y pastores enseñan que las promesas específicas de Dios con respecto a los lugares físicos y personas físicas deben ser vistos ahora como promesas espirituales que se han cumplido en Jesús.

Este punto de vista es cada vez más aceptado en relación a dos promesas importantes y muy específicas que están siendo “espiritualizadas”: la preservación prometida del pueblo judío (Israel étnico), como pueblo escogido de Dios, y la promesa de una tierra específica como herencia para el pueblo de Israel. Tal vez hayas escuchado decir que la promesa de preservar al Israel étnico se cumple porque Jesús es el verdadero Israel. Del mismo modo, la promesa de la herencia de la tierra específica para Israel se ha cumplido por completo, porque Jesús es también la tierra de Israel. Yo me permito disentir y quiero señalar que cuando se trata de las promesas de Dios a Israel, seguro que para mí suenan como una “ardilla”.

Dios le dijo a Abraham, “Les daré a ti y a tu descendencia futura la tierra de tus andanzas —la tierra de Canaán— como posesión perpetua. Y seré su Dios” (Génesis 17: 8). Ésta es una de las numerosas veces en que Dios prometió la tierra bíblica de Canaán, Israel, a Abraham y a sus descendientes como “heredad perpetua”. Sin embargo, un reconocido profesor de Nuevo Testamento del Wheaton College enseña:
“El Nuevo Testamento localiza en Cristo todas las expectativas que alguna vez estuvieron en el Sinaí y en Sión, en Betel y en Jerusalén. Para un cristiano, regresar a una territorialidad judía es negar fundamentalmente lo que ha ocurrido en la encarnación” (Gary M. Burge: Jesús y la Tierra, P.129).

Me parece difícil de creer que las promesas eternas de Dios a Abraham, Isaac y Jacob en el presente documento se reduzcan a la “territorialidad judía”. Esto no sólo resulta despectivo hacia los judíos, sino que, lo más importante, es que implica que Dios nunca tuvo la intención de cumplir sus promesas originales. La reinterpretación de Burge cambia en su totalidad los postes de la meta a partir de la venida de Cristo, como si éste hubiera sido el propósito de Dios durante todo el tiempo.

Me molesta que muchos de mis propios hermanos judíos atribuyan  al esfuerzo humano el regreso de Israel a la antigua patria, en lugar de hacerlo a la intervención divina. Y me preocupa aún más que muchos de mis hermanos y hermanas en Cristo vean al Israel moderno como nada más que una “territorialidad judía” y no como un testimonio a la fidelidad de Dios. Al negar la viabilidad de que la moderna Israel sea el cumplimiento de las promesas de Dios, sin saberlo están privándole a Dios de su gloria y socavando la confianza en su fidelidad.

Y pese a ello, uno de los teólogos cristianos más prolíficos y populares de la actualidad, NT Wright, ha hecho precisamente eso en su libro Pablo y la fidelidad de Dios.
Es difícil resumir un argumento que a NT Wright le lleva literalmente miles de páginas, pero al final termina diciendo que Jesús ha reubicado al pueblo de Israel cumpliendo la tarea que Dios le dio a la nación, por lo tanto, sólo aquellos que siguen a Jesús son los verdaderos Judíos y en su conjunto, son en Él la nueva Israel. Wright puede argumentar que este enfoque no es lo mismo que el supersesionismo o la “teología del reemplazo”, pero termina en el mismo lugar: ya no hay un lugar en el plan de Dios para la Israel étnica.

Wright se basa en gran medida en la afirmación de Pablo: “Porque ser judío no consiste en tener señales visibles; la circuncisión no consiste en una señal en la carne. El verdadero judío lo es interiormente: la verdadera circuncisión es del corazón, según el Espíritu y no según la ley escrita. A ése le corresponde la alabanza, no de los hombres, sino de Dios” (Rom. 2: 28-29). Sobre esta cuestión, y en respuesta al argumento de Wright, el teólogo Ben Witherington afirma: “Desde mi punto de vista, cuando Pablo se refiere a los judíos en el sentido de judíos, y cuando se refiere a ‘Israel’ lo hace refiriéndose a sus hermanos judíos en su identidad delante de Dios”.

En otras palabras, Pablo no anuncia un cambio de la promesa o del plan de Dios; está diciendo que el solo origen étnico del pueblo judío no es suficiente para que sean verdaderos seguidores de Dios. Verlo de otra manera es ignorar versículos tales como Romanos 9:3-4: “Hasta desearía ser aborrecido de Dios y separado de Cristo si así pudiera favorecer a mis hermanos, los de mi linaje. Ellos son israelitas, adoptados como hijos de Dios, tienen su presencia, las alianzas, la ley, el culto y las promesas”.

Esas promesas a las que Pablo se refiere incluyen lo siguiente:

“Así dice el Señor:

que establece el sol para iluminar el día,

el ciclo de la luna y las estrellas para iluminar la noche,

que agita el mar y rugen sus olas

—su título es Señor Todopoderoso—:

Cuando fallen estas leyes que yo he dado —oráculo del Señor—,

la descendencia de Israel ya no será más el pueblo mío.

Así dice el Señor:

Si puede medirse el cielo en lo alto,

o explorar en lo profundo el cimiento de la tierra,

yo rechazaré a la descendencia entera de Israel,

por todo lo que hizo —oráculo del Señor—.
(Jer. 31:35-37).

Las promesas de Dios no fueron ni serán eludidas ni reinterpretadas con respecto a los judíos ni a Israel a menos que el Sol, la Luna y las estrellas dejaran de existir. Sólo cuando incorporamos de modo absoluto esta cuestión en nuestras mentes y nuestros corazones podremos todos estar seguros de que sus promesas a cada uno de nosotros son “sí y amén”. Si aceptamos las reinterpretaciones de las promesas de Dios, estamos socavando la base misma de nuestra confianza en la fidelidad de Dios.

Las Escrituras nunca identifican al Mesías como reemplazando a los hijos de Israel, sino más bien como el cumplimiento de la tarea que Dios dio a su pueblo para que sea luz de las naciones. Hay una gran diferencia. Y esto es extremadamente importante.

A pesar de las nubes oscuras que se ciernen en el horizonte, a pesar de los esfuerzos de los hombres malvados que conducen Hamas e ISIS, las promesas de Dios para un futuro y una esperanza para Israel y para todos nosotros se cumplirán. Vamos a redoblar nuestra confianza y nuestra fe en Él y en sus Escrituras.

No. Jesús no lo es todo, pero por causa de Él, todo lo que Dios nos ha prometido seguramente se hará realidad.

 

Milder

Web Developer at Jews for Jesus HQ.

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