Atrapado en la Lluvia

DB

Por David Brickner, Director Ejecutivo

Mi plan era pasar todo el día con nuestro equipo de liderazgo de Judíos para Jesús de Israel. Di clases por la mañana, y por la tarde hicimos una sencilla caminata al lado de un río hermoso. Luego de unos 45 minutos de andar, nos sentamos en unas mesas de picnic para hablar y para escuchar la historia de uno de los integrantes de nuestro equipo.

De repente, el viento empezó a soplar y se ciñeron sobre el cielo oscuras nubes de tormenta desde el este. Estaba claro que era el momento de interrumpir nuestra breve caminata, así que empezamos a regresar a un ritmo mucho más rápido. Minutos después ya caía la lluvia, al principio suavemente, pero pronto se convirtió en un torrencial aguacero. En cuestión de minutos, nuestro valiente director de Israel, Dan Sered, le hizo señas a un hombre que conducía un tractor desde un kibutz cercano.

Las dos mujeres del equipo subieron a la cabina del tractor junto al conductor, mientras los muchachos se apilaron en la cama playa que transportaba, donde se dieron cuenta de que el vehículo no tenía guardabarros. Así que ahora no sólo estábamos empapados por la lluvia sino también salpicados de pies a cabeza con ese barro blando de color marrón. Pero espera, que aún hay más.

Cuando llegamos a la carretera que conducía de regreso hacia nuestros vehículos, el conductor giró por el camino equivocado. Seguramente Dalia, nuestra líder administrativa y guía de la caminata, le habrá pedido que diera vuelta la dirección del tractor. ¡Pero en vez de girar, comenzó a acelerar, llevándonos cada vez más y más lejos de nuestro objetivo! Todos gritábamos desde la parte posterior detrás de la cabina, pero el ruido del motor del tractor era tan fuerte que ni él ni las mujeres nos podían oír. Toda la situación parecía algo surrealista.

Finalmente, cuando disminuyó la velocidad, Dan logró saltar, corrió hacia el conductor y le pidió que se detuviera. Al parecer, el conductor estaba preocupado de que no podría manejar el tractor para cruzar el puente hasta la playa de estacionamiento, y por eso estaba tomando el camino más largo. Dan lo convenció de que simplemente podríamos cruzar el puente a pie, por lo cual giró y comenzó a retroceder lentamente por el camino en que habíamos venido. A esta altura, todos los que veníamos en la parte de atrás estábamos empapados y cubiertos de barro. Había un sentimiento de triste resignación mientras avanzábamos pesadamente por el camino, cuando de repente apareció el arco iris más espectacular que yo hubiera visto. Sus brillantes colores eran intensos, y se extendía desde la tierra hasta los cielos y se volvía a curvar hacia abajo sin siquiera atenuarse ni alterarse en su giro. Todo lo que atinamos a hacer fue sentarnos y mirar ese arco iris, hasta que por fin nuestro conductor detuvo el vehículo. Todos mojados nos incorporamos desde la parte trasera sólo para darnos cuenta de que nuestro paseo de media sólo nos había dejado unos 50 pies más cerca de la playa de estacionamiento de lo que habíamos estado cuando nos subimos. Yo pensé: “Bueno, tiene que haber algún tipo de aprendizaje en todo esto”.

Recordé el versículo en el que Yeshua nos dice que nuestro Padre celestial “hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:45). De manera irónica, en aquel contexto la lluvia era una bendición. El punto es que la gracia y la misericordia común de Dios es derramada sobre toda la humanidad, así que ¿cuánta más gracia deberíamos mostrar a nuestros enemigos, así como a nuestros amigos? Pero para mí este versículo tomó una nueva aplicación.

No estaba en mis planes terminar el día con el equipo de liderazgo de Israel helado hasta los huesos, empapado de lluvia y cubierto de barro. Mis pensamientos estaban a punto de pasar del bien al mal, y mis palabras buscaban llevarme de lo justo a lo injusto. Pero ese arco iris fue un símbolo, una llamada de atención para que respondiera de manera diferente a mis circunstancias.

Jesús nos enseñó que los creyentes y los no creyentes estamos sometidos a las mismas exigencias de la vida, ya sean bendiciones como las del sol y la lluvia, o circunstancias más dolorosas como la enfermedad, la pérdida y la muerte. Ninguno de nosotros está exento. Recuerdo algo que nuestro fundador, Moishe Rosen, solía decir: “Para todos aquéllos que ante las difíciles o dolorosas circunstancias se preguntan: ‘¿Por qué a mí?’, yo les tengo una pregunta diferente: ‘¿Por qué a ti no?’ ¿Qué es lo que te hace tan especial para que merezcas recibir una dispendia del Todopoderoso cuando otros no la reciben?” Eso es plantearlo sin rodeos, pero tú comprendes el punto.

Quedar ese día atrapado en la lluvia no fue más que un inconveniente, de ese tipo de cuestiones que todos tenemos que soportar de vez en cuando. Sin embargo, el arco iris fue para mí un recordatorio de que incluso en aquellas temporadas en las que las tormentas de la vida son mucho peores, trayéndonos dolor, sufrimiento y pérdidas, tenemos la promesa de Dios de que habrá cosecha. Esto nos trae esperanza a aquéllos que son llamados según sus designios, y que confiamos en Él para ayudar a que todas las cosas marchen para el bien (Romanos 8:28).

Me di cuenta de lo fácil que puedo culpar a otros de mis desgracias, ya sean pequeñas o grandes. Francamente, me di cuenta de que había comenzado a enfadarme con varios de mis compañeros de equipo que parecían ser los responsables de ese desventurado viaje a través de la lluvia y el barro, sólo para terminar prácticamente de nuevo en el lugar donde empezamos. Pero al final, ¿estaría mi molestia justificada? Me di cuenta de que no.

En todo momento las personas quedan atrapadas en la lluvia. Tengo mis serias dudas de si yo hubiera logrado quedar tan asombrado por la majestad de ese arco iris de no haber existido tal marcado contraste con las circunstancias que lo acompañaban. Y ahora me siento muy agradecido de haber tenido esa experiencia con aquellos líderes, mis amigos de Judíos para Jesús. Es un recuerdo que atesoraré.

Pero volvamos al contexto de Mateo 5:45, que dice que no sólo debemos amar a nuestros vecinos sino también a amar y bendecir a nuestros enemigos. ¿Cómo se ve y cómo actúa el amor cuando te pones molesto o enojado, incluso con tu vecino, o tal vez peor, cuando tu vecino se vuelve tu enemigo? Esto ocurre en nuestras vidas tan a menudo y tan fácil y trágicamente.

Muchas personas, incluso los creyentes, permiten que las decepciones y frustraciones salpiquen de barro sus almas y les roben sus relaciones e incluso su amor. Yo jamás desearé volverme así, y estoy seguro de que tú tampoco. El hecho es que todos nos quedamos atrapados en la lluvia, a veces en sentido literal y a veces en sentido metafórico. Resolvámoslo entonces cuando actuamos, pensando y actuando con gracia. No nos pongamos fácilmente molestos ni reaccionemos con ira cuando los planes no salen como queremos, o cuando la gente nos decepciona o no se comporta de la manera en que deseábamos que lo hicieran.

En lugar de ello, salgamos a la búsqueda, miremos los arcos iris, recordemos las promesas de Dios y amemos a las personas que Él puso en nuestro camino, personas que en este viaje se han mojado y se han cubierto de barro al igual que nosotros. Jesús nos advirtió que tendríamos problemas y pruebas en este mundo, pero también nos animó con su promesa: “Tengan valor: yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).

 

 

 

Milder

Web Developer at Jews for Jesus HQ.

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